EN LA DISTANCIA. Dos Semanas Santas distintas

Por  Jonni Bassiner,  jefe de emisiones de Barcelona tv

 

Nunca olvidaré la Semana Santa del 2008. Este año he vivido dos Semanas Santas bien distintas, dos. La de la lejanía y la de la proximidad. La del dolor y la de la felicidad plena. La de la lluvia y la del radiante sol. La de Málaga y la de Sevilla.

 

Vayamos por partes. Este año -por circunstancias profesionales- no pude venir a Málaga el Viernes de Dolores, como viene siendo habitual en los últimos años. Por primera vez (desde que estoy “enganchado” a la Semana Santa) he sabido lo que es vivir en primera persona el dolor de un Viernes de Dolores lejos de Málaga. Qué enorme tristeza saber que está mi Virgen de los Dolores en la calle y yo en el tren rumbo a casa, después de una agotadora jornada de trabajo. Qué descomunal desgarro a las diez de la mañana del Domingo de Ramos, sabiendo que a esa hora está saliendo la Pollinica y yo en mi casa. Qué tremenda impotencia a las cinco y media de la tarde, cuando está efectuando su dificultosa salida la Hermandad de la Salud, y yo en la casa viendo por internet (en una muy minúscula pantallita) todo lo que acontecía en Málaga el domingo más grande del año a través de los “ojos” de Canal Málaga.

 

Y así el Domingo de Ramos, el Lunes Santo, el Martes Santo… y el Miércoles Santo que llegamos a Málaga con un espléndido sol, magnífica temperatura y yo con la ilusión de “comerme” a Málaga entera… aparece la tan temida (pero prevista) lluvia!!! Por suerte pudimos ver a los Salesianos a su paso por la Casa Hermandad de la Sangre, que de no ser así, ¡no pillamos ni una! Me emocioné al oler el incienso y al escuchar una banda en directo, después de tantos días viendo “minúsculas” procesiones por Internet. Por cierto, si dificultoso es ver un trono por televisión, por Internet es tremendo. ¡No cabe! Luego tuve ocasión de tener otra experiencia primera, saber que se siente cuando la Hermandad de uno no se pone en la calle. O sea, que en un mismo año he sentido en carne propia dos dolorosas emociones para un cofrade: no poder estar dónde quisieras estar y no salir por la lluvia. En fin, una pena.

 

Hasta aquí la “primera” Semana Santa, la dolorosa, la triste, la de la distancia y la de la proximidad con lluvia. El Jueves Santo por la mañana nos fuimos mi esposa y yo (a mi hijo Hugo no hay quién lo mueva de Málaga) hacia Sevilla. Dejamos Málaga bajo un fuerte aguacero y llegamos a la capital con lluvia también. Las tres primeras de la tarde del Jueves (Los Negritos, La Exaltación, y Las Cigarreras) no pudieron efectuar su estación de penitencia. Pero a eso de las cinco y media, el sol se impuso a las nubes y a partir de ahí empezó la “segunda” Semana Santa, la gloriosa, la del deleite, la de la felicidad plena, en definitiva, la de “la compensación”.

 

Hacía muchos años que deseaba ver la Madrugá sevillana, pero tenía yo mucho “déficit” de Semana Santa de Málaga, como para irme a Sevilla. Pero este año, al ser diferente por las complicaciones del trabajo, pensé que podría ser adecuado para quitarme esa “espinita” de la Madrugá.

 

Vimos un  poco de Jueves Santo, la Madrugá, el Viernes y parte del Sábado. Este año no pude ver a mi Cristo de la Expiración en la calle, pero tuve ocasión de ver al Cachorro (después de cuatro años sin llegar a Campana). Sinceramente, nos gustó muchísimo. Lo pasamos estupendo. A destacar cuatro cosas que nos llamaron poderosamente la atención: la seriedad y el silencio que guarda la gente, la formalidad de los nazarenos, la calidad de las bandas y el excelente “decorado” que ofrece la ciudad para las procesiones. No entraremos en más detalles para no crear posibles “susceptiblidades”. En fin, lo dicho: dos Semanas Santas distintas.

Ni envidia ni caridad

Por Rafael Contreras, periodista

 

Lo pensé muchas veces, pero no lo puse nunca por escrito: es muy difícil aprender sobre hermandades y cofradías si nuestros maestros no nos enseñan con objetividad.

 

Esta Cuaresma pude ver la mirada atónica de un jovencito que contemplaba una visceral discusión sobre un trono procesional que se acababa de presentar al público. Para unos era muy bueno y para otros, inoportuno y desmedido. Lo que no sabía el muchacho es que quienes hablaban eran unos de cofradías rivales de la que estrenaba trono y otros, rebotados de la misma. Sólo un tallista permanecía callado y fue lo que más me sorprendió pues, como tallista, podría tener algún interés inconfesable de que aquella conversación tuviera tintes destructivos.

 

Luego está el extremo contrario, el de quienes no se atreven a hacer ningún tipo de crítica porque piensan que los temas cofrades son intocables o porque creen en la infalibilidad de las juntas de gobierno como si del Papa se tratara. Ni tanto, ni tan calvo, ni envidia, ni caridad, porque suponen visiones sesgadas de la realidad que nos rodea.

 

Lo de la crítica constructiva se ha vuelto a poner de moda tras el pregón del periodista Paco García. Nadie duda a estas alturas de que si la crítica se hace con fundamento y tras muchas horas de estudio y documentación  nunca es destructiva sino, por el contrario, estimulante para quien  escucha, que tratará también  de documentarse para poder tener una opinión propia.

 

A otros comentaristas se les ve el plumero y descubren la paja en el ojo ajeno, mientras la viga en el propio les hace perder la visión. Si esta discriminación se hace con gracia y a pecho descubierto, el pecado o pecadillo tiene su perdón.

 

Lo malo es cuando al escuchante o espectador se le clavan las banderillas entrando por detrás y no por de frente. De esto tendrá que aprender mucho en la escuela cofrade de la calle ese chiquillo al que deseo suerte y paciencia durante lo que queda de Cuaresma en la que los políticos, por cierto, no son el mejor ejemplo con la viga clavada en el ojo electoral.

Si nos escucháramos

Por Miguel Pérez, compositor

 

Existe la creencia de que la música es el arte que llega más rápido, quizá el más sencillo de saborear. Falso. Algo puede no resultarnos agradable a la hora de su escucha porque sencillamente implica que el cerebro trabaje. Sin embargo, la repetición año tras año, Semana Santa tras Semana Santa, puede hacer de determinada música un himno que retumbe en nuestro corazón y nos empape la mirada de emoción, a pesar incluso de nuestra formación musical, a pesar de que el cerebro esté descansando en esa escucha, hablamos de la nostalgia y los recuerdos que muchas veces están solapados a determinada música que hemos escuchado a lo largo de nuestra vida. Pongamos por caso la marcha Malagueña Virgen de la Paloma. Esta marcha sin duda nos resuena ya a todos de un modo especial, convertida ya casi en un himno de nuestra Semana Santa. Sin embargo, nos acercamos un poco más detenidamente y comprobamos objetivamente que es una marcha que contiene grandes problemas formales, además de una notable pobreza armónica, melódica, e instrumental. O sea, que lejos de una sencillez pretendida, realmente hay huecos indiscutibles a la hora de cerrar la composición, en las que el gusto nunca estuvo presente a la hora de decidir qué. Quizá el exceso de comodidad del cerebro a la hora de escucharla, o el reconocimiento ya desde sus primeros compases por los oyentes, la han convertido en lo que hoy ya es, el pueblo la ha hecho suya, a pesar de todos estos inconvenientes anteriores. Entonces, ¿Cuál es la solución al problema? Para empezar creo que el problema es mucho más grave, y la solución llevaría décadas, pero pienso que sería bueno una mejor educación musical, y no hablo de conservatorios, donde el reducido número de plazas para los alumnos ya habla por sí solo. Tampoco hablo de más bandas de música, pues creo que es importante la cantidad, pero también lo es la calidad, no es bueno que nos olvidemos de crecer. Pienso que quizá debería haber mayor presencia de la asignatura de música en las propuestas educativas actuales. No hablo de una enseñanza musical en la que los niños aprendan biografías de compositores y toquen la flauta dulce, hablo de una enseñanza más útil, más cercana a la vida a través de la cuál los niños puedan comprender toda una serie de factores decisivos posteriormente, por ejemplo, aprender a escuchar, a escuchar sin más, a conectar el oído con el cerebro, con el oído del cerebro. La sociedad sería otra si nos escucháramos unos a otros, aunque sólo sea un poquito.


Enlace relacionado: www.miguelperez.es

EN LA DISTANCIA. Señal única

Por  Jonni Bassiner,  jefe de emisiones de Barcelona tv.

 

En una de las pasadas emisiones del programa radiofónico “El Cabildo” en Radio Voz Málaga, se habló del “deseo cofrade” (expresado por algún que otro forero) de minimizar al máximo la iluminación que instalan las diversas emisoras de televisión a lo largo del recorrido oficial durante la Semana Santa. Una de las posibilidades que se especulaban, era la de que las emisoras locales se pusieran de acuerdo para realizar una señal única, distribuida a todas ellas, y de este modo se podría reducir los numerosos puntos de luz.

 

Sobre el papel, eso es así y de hecho es como se realizan multitud de eventos televisivos. Pero en el caso que nos ocupa –las retransmisiones de los desfiles procesionales de Málaga– la cosa puede no ser tan sencilla como parece. Para que eso fuera posible, habrían de cumplirse las siguientes premisas:

 

En primer lugar tendrían que ponerse de acuerdo todos los emisores locales (digo los locales, porque que se pongan de acuerdo éstos ya es difícil, más lo seria que se pusieran de acuerdo con la emisora autonómica Canal Sur).

 

En segundo lugar, tendrían que decidir qué emisora o emisoras serían las encargadas de realizar la “señal institucional” (aquélla a la que todas las demás tendrían acceso).

 

En tercer lugar, dado el caso de que se acordara que fuera una única emisora la encargada de la realización, la discusión técnica se habría resuelto mayormente, pero quedaría por dirimir qué parte del recorrido oficial se cubriría (ardua discusión). Pero si se decidiera que la “señal institucional” la produjeran dos o más emisoras, técnicamente la cosa se complica un poco. Me explico. Para que una señal realizada sea técnicamente homogénea, es decir, que tenga una “unidad visual”, se precisa que todas las cámaras que intervienen en dicha realización tengan un mismo estándar (preferiblemente marca y modelo) para que la respuesta técnica sea similar (así y todo hay un trabajo previo de equilibrado de las cámaras en cuanto a color y contraste, y durante la realización de la retransmisión hay un técnico –Control de cámaras– que se encarga de igualar la calidad de la señal de la cámara que está en el aire, con la siguiente que el realizador “pinchará”, para que de esta forma se mantenga esa “unidad visual” a la que me refería anteriormente). Si las cámaras de los emisores encargados de producir la señal no tienen las mismas características técnicas (dejando aparte la marca y modelo), simplemente que no tengan una misma respuesta técnica, habemus problema.

 

Claro está que podrían decidir que la unidad móvil de cada emisor cubriera una parte distinta del recorrido y así –aparentemente– resolvían el problema. Pero eso no es así, porque cada vez que se conmutara la señal producida por una de las unidades móviles con la señal de la otra, se notaría el cambio de calidad y además, seguiríamos en las mismas: ya tenemos dos o más unidades móviles con sus cámaras, sus grúas... y no lo olvidemos... con sus LUCES!

 

Además, todo este montaje de dos o más unidades móviles, requiere lo que técnicamente se denomina “realización en cascada”, es decir, hay un realizador en cada unidad móvil que decide qué cámara “pincha” (elige) en cada momento. La señal de cada unidad móvil llega a un control de realización y en este control, a su vez, un “súper realizador” elige qué señal (de las que le ofrece cada unidad móvil) va a antena. Este sistema requiere una grandísima coordinación técnica y contar con expertísimos realizadores en este tipo de producción.

 

Lo adecuado sería que se encargara de la “señal institucional” una única emisora, preferiblemente aquella que cuente con unos medios técnicos más adecuados a las necesidades del evento.

 

Otro posible elemento de discordia –al cuál apuntaba Antonio Márquez en la tertulia radiofónica– es la discusión del estilo narrativo. Yo sinceramente, las cosas se pueden contar de muchas formas, pero en el caso de una retransmisión procesional, creo que solo hay dos formas de hacerlo: correcta ó incorrectamente. Una retransmisión de ese tipo es muy sencilla: muestra aquello que pasa delante de la cámara, como si ésta fuera un “espectador de a pie”. No se trata de hacer “Ben-Hur”, se trata –a mi entender– de mostrar la procesión para aquellos que no pueden verla en “vivo y en directo”. No quiero extenderme más en este aspecto, puesto que lo traté ampliamente en una anterior tribuna.

 

Para poder diferenciar un poco el estilo de cada emisora, hay un sistema (el que se emplea durante las retransmisiones de los JJ.OO. o en grandes eventos deportivos) que permite “personalizar” la “señal institucional”. El sentido de la “señal institucional” (en el caso de los eventos deportivos) es el de ofrecer una realización “neutra” que pueda ser adecuada a cada país participante, es decir, los muestra todos y no se decanta por ninguno. La “personalización” se refiere a incluir en la realización final de cada emisora, la combinación de las imágenes ofrecidas por la “señal institucional” con imágenes de cámaras propias del emisor emplazadas en el mismo lugar del evento, pero que se encargan de ofrecer planos concretos del equipo del país.

 

Esa podría ser una solución intermedia para las retransmisiones procesionales, eso sí, si la calidad de las cámaras es distinta, cada vez que se conmute de la “señal institucional” a la de la cámara propia, se notará.

 

De otro lado, también se hacía mención a la necesidad de utilizar tanta iluminación, de si no existían cámaras capaces de tomar las imágenes sin iluminación específica. La iluminación no se emplea “simplemente” para iluminar el evento, para verlo. Pese a todos los avances tecnológicos de la televisión, siguen habiendo ciertas premisas insalvables. Una de ellas es la relación de contraste (la relación entre el valor más luminoso y el valor más oscuro de la imagen). Con la iluminación se persigue suavizar esa relación. Otro elemento a considerar es la profundidad de campo. Un evento de este estilo, dónde en un mismo plano podemos ver una larga fila de nazarenos y al fondo un trono, precisa tener a foco (que se vea nítidamente) mucha distancia (desde 2mts. a 30mts.) y esto no es posible con la luz ambiente. Todas las ópticas (las de una cámara de cine, de fotografía o de televisión) funcionan igual: cuanto más “cerrado” esté el diafragma, más profundidad focal, y para poder cerrar el diafragma, hay que tener la luz suficiente que permita hacerlo.

 

Podríamos extendernos más en cuestiones técnicas, pero este no es el objetivo de esta tribuna. Volviendo al tema de la señal única, sea cual sea la decisión que se tomase, lo más importante es que se emplee el sentido común, que según parece –en demasiadas ocasiones– es el menos común de los sentidos.

San Juan

 

Por Salvador Marín, licenciado en Filología Hispánica

 

Es noche cerrada. Hace frío. Mucho frío. El alma se acurruca, se repliega, espera, aguarda solitaria, como sola, muy sola, está calle San Juan. En la revuelta al templo, surge una figura pequeña, renqueante, herida y bella: es mi párroco, don Isidro. Nos paramos, nos saludamos frente al edificio que ha unido nuestros destinos, y, sintomáticamente, nos situamos de espaldas a aquella puerta que abriera el tesón, el compromiso, la claridad de conceptos, la fidelidad a un destino elegido y amado.

 

De espaldas a la puerta. No queremos verla, está claro. No queremos ver la puerta que nos cierra la entrada a nuestra casa. Alguien o algo (yo ya no sé quién o el qué, hace mucho que me he perdido) no nos deja entrar. Y uno, en este artículo, no sabe qué palabras encontrar para pedir, rogar, suplicar, exigir que me dejen habitar mi hogar. Que permitan a mi párroco volver a su sacristía.

 

Los babilonios pedían al pueblo de Israel en el exilio que les hablara de Jerusalén, e Israel suplicaba que no le hicieran pasar por la amargura de cantar y alabar un tesoro perdido. Mi mente se niega a aceptar que mi impotencia para cantar hoy a San Juan nazca de considerarlo mi tesoro perdido.

 

Mientras yo te siga viendo, Madre de los Dolores, tras tu cristal, media hoja de la puerta de tu casa sigue abierta.

 

Mientras la dulce ceguera del amor de mi pueblo, Señor de Ánimas y Ciegos, siga poniendo sus pupilas a tus pies, San Juan respira.

 

Y pronto, muy pronto, Señor de la Redención, volverás a elevarte sobre el Sagrario de la Sacramental de tu Parroquia, para unir el Cielo con la Tierra…Para bajarte a subirnos. Lo quiero, lo pido. Lo sé.

 

Ayúdanos, Málaga; pueblo de Málaga; sencillos y poderosos de Málaga… Toda Málaga. Pide con nosotros la llave de San Juan a quien la guarde.

 

Adiós, don Isidro. ¿Nos traerá 2008 lo que los dos le hemos pedido?

 

Israel, al fin, cantó, y volvió a Jerusalén.

 

Querido Año Nuevo: con ilusión te lo pido: que nuestra voz se oiga, y San Juan se abra.

El puchero de enero

Por Rafael Contreras, periodista

 

Si Santa Teresa veía a Dios entre los pucheros, los malagueños le vemos en los primeros días de enero entre hermandades, cofradías, peñas y agrupaciones del Carnaval.

 

La Cabalgata de los Reyes Magos ya fue de por sí un puchero en el que cabía de todo, desde una exigua representación religiosa hasta elementos totalmente carnavalescos. Un periodista, un cofrade y un concejal encarnando a Sus Majestades de Oriente ya son ingredientes sobrados para que podamos hablar de un plato fuerte con tropezones.

 

Y la agenda con la que ha arrancado este  mes ¿Qué decir de la agenda? Un día, berza carnavalesca; al siguiente, presentación del cartel oficial de la Semana Santa; y al siguiente, conferencia inaugural del Carnaval de Málaga.

 

Y Dios, entre pucheros. Porque la santidad no es exclusiva del mundo cofrade, ya que en todo este revoltijo hay muchos malagueños que, durante estos días, tienen que compatibilizar sus labores en la albacería de sus respectivas hermandades con los ensayos en los grupos del Carnaval.

 

 Ya llegará el Miércoles de Ceniza para cambiar el disfraz de hombre araña por el de chaqueta y corbata; para cambiar el rostro pícaro y trasgresor por el trascendente del capillita. Pose trascendente la del cuaresmero, que es tan necesario para este tinglado -he dicho tinglado- como los virus y las bacterias para que vivan  los médicos. ¿Que sería de nosotros sin los cuaresmeros?

 

Dios, entre pucheros, un año más y más apretados en esta ocasión. Nos enseñará que el cofrade no puede mirar por encima del hombro a los peñistas y a los carnavaleros, cociéndose en el mismo puchero al sur de Europa y al Norte de África, donde las cáritas parroquiales católicas auxilian a los musulmanes y musulmanas necesitadas, mientras le desean una feliz Navidad y que los Reyes Magos les regalen muchas cosas.

 

El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra y que vivan el Carnaval y la Semana Santa.

EN LA DISTANCIA. Fechas ambivalentes

 

Por  Jonni Bassiner,  jefe de emisiones de Barcelona tv

 

Un año más nos encontramos ante unas fechas entrañables, como lo son la Navidad, el Año Nuevo y la más esperada por los niños: la llegada de SS.MM. los Reyes de Oriente. Son fechas entrañables ciertamente, pero no es menos cierto que también pueden ser fechas dolorosas, porque tal vez nos evidencian la ausencia de seres queridos. ¿Qué tendrán las fiestas navideñas que son capaces de producirnos estas sensaciones ambivalentes de alegría y tristeza, de ilusión o melancolía?

 

Siempre que alguien me comenta su preocupación -ante la cercanía de estas fechas, precisamente por el reciente fallecimiento de un familiar o un amigo- le comprendo perfectamente, puesto que uno ya ha vivido lo suficiente como para haberlo sentido en carne propia, y para “conformarlo” un poco, le digo que si viviera en Andalucía lo pasaría una semana peor.  Y entonces le cuento que cuando uno pierde a un ser querido, le recuerda por lo menos en tres fechas: la de su deceso, el día de los difuntos y por Navidad. Pero en Andalucía son diez, porque a las tres anteriores hay que añadirle las siete de la Semana Santa.

 

Esto nos da la clave del asunto. ¿Qué tienen en común la Navidad y la Semana Santa, a parte de ser las conmemoraciones “extremas” del inicio y del fin de la encarnación de Cristo?

 

En primer lugar los imborrables recuerdos de la infancia. (El padre llegando a casa por Nochebuena con una cesta o unos turrones. La ilusión o el desengaño, ante un regalo. El padre o el abuelo tomándote de la mano el Lunes Santo para acercarte al puente de la Aurora para ver al Cautivo.)

 

En segundo lugar, la relación indisoluble entre los recuerdos de las emociones vividas y los demás protagonistas que las vivieron junto a uno, es decir: la Familia. Así pues, la clave de estas fechas se halla en las emociones y la familia. Cualquier alteración del núcleo familiar nos altera las emociones, y así el cóctel está servido.

 

Hay otros ingredientes que nos pueden alterar -especialmente en Navidad- y que son fruto del planteamiento de nuestra actual sociedad. En estas fechas hay que comer a lo grande (tengas hambre o no) y hay que hacer muchos regalos (estés inspirado o no) y hay que capear con muchos compromisos (te venga en gana o no). El estado emocional que nos provocan estas situaciones, puede hacernos perder el sentido original de la celebración, convirtiendo estas fechas en un torbellino de estrés por trivialidades.

 

A todo ello hay que añadir también otro factor, como lo es el cambiar de año. El final y el inicio de un nuevo año, nos hace reflexionar sobre el sentido de nuestras vidas, de los propósitos cumplidos -o no- del año que se nos va y los nuevos propósitos para el que llega.

 

En definitiva, estas fechas nos hacen -queramos o no- mirarnos a nosotros mismos y enfrentarnos con nuestras verdades. Si el balance es positivo, la celebración nos complace, si no lo es, la “depre” puede ser descomunal.

 

Si recuperáramos el sentido original de la fiesta, la celebración de la encarnación de Cristo y la expresión de Su amor por nosotros, así como la de expresar nuestro más sincero amor por todos los que nos rodean, la cosa podría cambiar radicalmente.

 

Que el Amor envuelva permanentemente a todos los “cabilderos” y a sus seres queridos. Que aprovechemos plenamente y con mucha ilusión las maravillosas oportunidades que nos brinda la vida cada día. Éste es mi deseo.

Ni músico ni compositor

Por Miguel Pérez, compositor


Generalmente los músicos occidentales suelen vestirse de solfeo –esa palabra abstracta como todas las demás, esa grafía tan estúpida como el fa o el re en un pentagrama- para distinguirse. Les gusta que todo el mundo sepa que son gente con una educación extra que tiene que ver con la sensibilidad, y que por lo tanto, ellos son gente sensible, que dedican  su vida a tocar un instrumento al dedillo. Los compositores ya son otra cosa que casi roza lo místico. Son gentes que alguna vez tuvieron camisetas con alguna clave de sol pintada, pero que ya superaron esa etapa juvenil de intentar ser un virtuoso y ahora dedican su tiempo a destripar el alma de cualquier música que se les ponga por delante. Pero la realidad es que todos -casi todos digo- terminan en un edificio gris dando clases bajo un horario impuesto por el ministerio de turno, donde día tras día van olvidando las ilusiones y alimentando el tedio hasta el punto de compartir con los alumnos que llegan ilusionados su horror, su realidad hipócrita, por un sueldo que les permita vivir. Por eso, jamás voy a considerarme músico o compositor. Yo soy alguien que contempla la música, que levanta el brazo y la coge del cielo, y la disfruta con la gente que tiene cerca, ya sean alumnos, ya sean amigos, ya sean ustedes mismos.  

Enlace relacionado: www.miguelperez.es

Nabos en Navidad

Por Rafael Contreras, periodista

 

Aunque con el año litúrgico lo que se inicia es el ciclo de celebraciones en la Iglesia, no hay duda de que el Tiempo de Adviento tiene algo especial porque preparamos nuestro corazón esperando la venida de Jesús.

 

Año nuevo, vida nueva, es el propósito de que desde el primer día todo será distinto. Lo decimos con el sabor de las uvas aún permanente en nuestras bocas. ¿Por qué no hacerlo mejor el primer domingo de Adviento? A un creyente practicante le resulta más fácil seguir el año litúrgico que el año civil porque cada domingo en la misa el cura le va marcando la pauta.

 

Año nuevo significa, como ya he dicho, el propósito de ser mejor, aunque las cosas no hayan cambiado como, por ejemplo, el obispo, que sigue siendo el mismo, o los presidentes de las agrupaciones de pasión y de gloria, que permanecen en sus puestos.

 

Año nuevo debería significar gloria para Dios en los cielos y paz en la tierra en la cofradía de la Paloma, por ejemplo. Sería bueno también que, a partir de hoy, los cofrades perdonemos las ofensas a nuestros hermanos y no levantemos falsos testimonios ni mintamos.

 

Yo, en lo del sexto y noveno mandamiento no me voy a meter porque ahí me pierdo y, en este caso, dos y dos no son exactamente cuatro. Ya seguiré analizando la situación en próximas reflexiones aunque se hayan llevado al pensador de calle Larios.

 

Cada cosa a su tiempo y los nabos en Adviento. Tampoco voy a profundizar  en el tema de los nabos porque sobre gustos no hay nada escrito en las hermandades y cofradías.

EN LA DISTANCIA. Heridas del Alma

Por  Jonni Bassiner,  jefe de emisiones de Barcelona tv.

 

La propuesta de Ley de Memoria Histórica ha levantado algunas ampollas -por decirlo suavemente- en los sectores más conservadores del país. De otro lado, no se si por casualidad o por simple coincidencia (a pesar de que las coincidencias no existen), a finales del pasado mes de octubre en el Vaticano se celebró la beatificación de 498 “mártires” de la Guerra Civil y la República.

 

Hay quién se rasga las vestiduras por la “inoportuna” decisión del Gobierno de proponer una ley que “reabre viejas heridas”. Entiendo lo de “viejas”, porque estamos hablando de más de 70 años. Entiendo lo de “heridas”, porque lo son y Málaga sabe bastante de eso. Pero no comparto lo de “reabrir”, puesto que es difícil reabrir algo que no se cerró, o mejor dicho, algo que se “mal cerró”.

 

Todos sabemos aquello de que la historia la escriben los vencedores, y el caso de nuestra querida España, desgraciadamente, no es una excepción.

 

Para que una herida se cure hay que desinfectarla y tratarla con mimo, pero cuando se trata de una herida del Alma, en primer lugar hay que reconocerla, en segundo lugar hay que amarla, en tercer lugar hay que integrarla y finalmente hay que asentirla.

 

 No se trata de pedir perdón. No se trata de entonar falsos meaculpas. “Sencillamente” se trata de reconocer y asentir lo que sucedió tal y como fue, reintegrando la dignidad de todos aquellos que (de un lado y del otro) fueron maltratados, humillados o descarnadamente eliminados.

 

Lástima que la predisposición al diálogo y a la comprensión que muestran el presidente de la CEE D. Ricardo Blázquez, o el propio Arzobispo de Sevilla D. Carlos Amigo Vallejo, no sean la norma de actuación de la Conferencia Episcopal Española. Que mal papel están haciendo los que -supuestamente- se erigen en “procuradores” del Alma.

 

Cuanto dolor y cuanta ignorancia. Cuanto tiempo en la zozobra de la confusión y la omisión. Al Alma no se le puede mentir. La mentira tiene un peso excesivo para la sutileza del Alma y tarde o temprano pasa factura. Si hay algo extremadamente serio en nuestras vidas, eso son las heridas del Alma.

Opinión

Este es el sistema de noticias de la web de Opinión.

Artículos de opinión y análisis de firmas reconocidas del panorama actual cofrade malagueño.

Categorías


Prueba

Suscríbete

RSS | Atom

Contacto

Contactar

Albergado en:blogdiario.com Un servicio de HispaVista Contador gratis contadorplus.com